Diamand parte de una idea: la Argentina es una estructura productiva desequilibrada (EPD). Tiene un agro pampeano de productividad excepcional que vende a precios internacionales y una industria de productividad menor que vende, sobre todo, al mercado interno y a precios más altos. El tipo de cambio se fija según la productividad del agro, el dólar pampeano, así que la industria no puede exportar y los dólares los genera casi solo el campo.
Cuando la economía crece, la industria pide insumos y bienes de capital importados más rápido de lo que el agro genera divisas. Cada expansión termina chocando contra el sector externo. Diamand lo llama estrangulamiento externo; hoy se conoce como restricción externa.
Las dos corrientes ignoran ese límite. La popular, de raíz keynesiana, razona como si la economía fuera cerrada. La ortodoxa, de raíz neoclásica, supone que el mercado corrige solo los desequilibrios externos. Por eso ambas fracasan por motivos económicos y no por falta de poder político. El famoso empate entre sectores es un síntoma, no la causa.
El péndulo tampoco es estático. Cada vuelta deja tres círculos viciosos: más deuda, más conflicto distributivo con más inflación y menos industria. Por eso acá se dibuja como una espiral que se abre.